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Las autoridades en materia de salud nos han recomendado en los últimos días sobre el riesgo de que andemos por la vida repartiendo besos. La gente en nuestro país no puede ya recibir ni prodigar expresiones afectivas que supongan posar los labios sobre la mejilla, la boca u otras partes del territorio corpóreo de quien deseamos o amamos o apreciamos.
Desde la aparición de la llamada influenza porcina, los decesos que ya provocó y el riesgo de que la epidemia se propague por el resto del territorio nacional, una contradicción ronda la cabeza de miles de personas en México: los ósculos son expresiones de cariño y afecto, pero mortales.
Ahora sabemos que “los besos matan”, no es una frase solo escrita para los “scrips” que alimentan las cursilerías que a diario se cuentan en los culebrones de la televisión. A partir de hoy, según las políticas públicas que en forma emergente han sido dadas a conocer para evitar el contagio de esta enfermedad mortal, “los besos matan” es un asunto serio que no debiera ser desatendido.
A titulo personal debo confesar que seguir a pie juntillas las recomendaciones del secretario de salud federal, José Angel Córdova Villalobos formuladas el viernes a la media noche en cadena nacional o las del mismo presidente Felipe Calderón a lo largo del domingo, ha sido un reto mayúsculo: no he parado de besar a quienes rodean mi vida.
Debe ser difícil imaginar una escena en la que la familia se reúne como cada domingo a comer y hablar de las cosas que le dan sentido a nuestras vidas: los hijos y la escuela; el trabajo o el cumpleaños mas próximo; de lo bonitas que son las sobrinas o de lo traviesos que son los niños, sin el aderezo suculento y festivo de un buen beso para iniciar la charla, a manera de bienvenida o de despedida.
Hoy que la influenza porcina amenaza la salud y la vida de cientos de miles de mexicanos, seguir las indicaciones de las autoridades calificadas en la materia se convierte en un reto para la sociedad por que no por nada tenemos fama de ser un pueblo que ama y gusta de ser amado.
La calidez de un pueblo como el nuestro está a prueba. No hay un solo momento en el día en el que un hombre o una mujer se nieguen al acto gozoso de besar. Lo mejor sería que la enfermedad que produce este virus desapareciera para no volver jamás, de lo contrario tal vez debamos acostumbrarnos al acto profiláctico e inexpresivo de besar con tapabocas, un acto tan poco placentero como hacer el amor con condón.
Nos leemos el miércoles.
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